Mostrando entradas con la etiqueta GEORGES PEREC. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta GEORGES PEREC. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de diciembre de 2016

¿DÓNDE ?




Hay cierto número de obras, y generalmente entre las que más nos gustan, que acaban mal: en ellas algo se termina, se consume. Durante todo el libro ha habido una aventura, un movimiento, una búsqueda, unos encuentros: gentes que no se conocían se han cruzado; han caminado juntas, se han amado, han cambiado. Y luego todo se detiene. Es el fin. No hay continuación. Alguien muere o desaparece. Sentimos un vacío.
Por ejemplo, el final de Los tres mosqueteros, cuando se separan, siempre me ha parecido una perfecta expresión de la tristeza. Y también el principio de Vingt ans après –se vuelven a encontrar como enemigos, han envejecido-, al final de Vingt ans après, se separan de nuevo; Le Vicomte de Bragelonne, finalmente, cuando Porthos muere: durante años (no exagero nada) he sentido la desaparición física de Porthos; le echaba de menos; acordarme de todas sus aventuras, de su fuerza, de su necedad, de su apetito de ogro, de su vanidad, de su ropa, y luego de su decadencia, de su impotencia final: muere aplastado bajo una roca que ya no tiene fuerzas para levantar…
Esto es el sentimiento más simple, en estado bruto. Creo que lo sentiría igual si leyera la muerte de Hercule Poirot.
Pero los hay más matizados. La muerte de André Bolkonski (creo que se llama Bolkonski o Bolbonski) en Guerra y Paz; el final de Casque d’or. Y sobre todo, no ya muertes, sino extinciones, desapariciones, finales tranquilos, nadas: es el tiempo que pasa, el ocio, el hueco, el vacío, la melancolía, la añoranza, el recuerdo, lo irremediable.
Por ejemplo, el final de Under the net de Iris Murdoch, que acabo de buscar, y de no encontrar, por todas partes: tras innumerables aventuras, más bien risueñas, los inseparables se separan; se van cada uno por su lado, “es la vida”… O bien el final de Pierrot mon ami…
O bien esta última pregunta (que a menudo me ha aterrorizado) que clausura el capítulo de preguntas y respuestas de Ulises, cuando Stephen y Bloom se separan: ¿Dónde (va Stephen)? Jamás lo sabremos. Y ese jamás, verdaderamente, es algo terrible. No triste exactamente. Pero terrible. Un punto de interrogación para el que no hay respuesta posible. Algo que no se abre sobre cualquier cosa. Algo acabado.
O bien el final de Fermina Márquez.
O bien el final de La educación sentimental: las últimas páginas, y sobre todo “la amargura de las simpatías interrumpidas”: ¿alguna vez se ha expresado mejor el vacío?
O el final de Suave es la noche: el tipo que va de ciudad en ciudad… metrópolis, pequeños centros, aldeas, pueblos y luego se acabó. Se ha perdido su rastro. No está muerto, no; sigue viviendo: sigue pensando, no ha olvidado nada; pero está vacío, ha fallado, ha fracasado, ha naufragado. Así vivirá siete años, la eternidad…
O bien el final de La montaña mágica.
Y estoy seguro de que aún hay innumerables ejemplos.

Georges Perec
Carta a Denise Getzler

Traducción de  Eva María Manso

miércoles, 19 de febrero de 2014

LES CHOSES




"La impaciencia, se dijeron Jerôme y Sylvie, es una virtud del siglo XX. A los veinte años, cuando hubieron visto, o creído ver, lo que podía ser la vida, la suma de dichas que encerraba, las infinitas conquistas que permitía, etc, supieron que no tendrían la fuerza de esperar. Podían llegar, ni más ni menos que los otros, pero lo único que querían era haber llegado. Sin duda eso era lo que se ha convenido en llamar intelectuales.
Pues todo les decía que andaban errados, y, en primer lugar la vida misma. Querían gozar de la vida, pero, en torno a ellos, el goce se confundía con la propiedad. Querían permanecer disponibles, y casi inocentes, pero los años pasaban de todos modos, y no les aportaban nada. Los otros acaban por no ver en la riqueza más que un fin, pero ellos no tenían ni una perra.
Se decían que no eran los más infelices. Tal vez tenían razón. Pero la vida moderna excitaba su propia desdicha, mientras borraba la desdicha de los otros: los otros estaban en el buen camino. Ellos no eran gran cosa: unos pelados, unos fracotiradores, unos lunáticos"…..

LAS COSAS

GEORGES PEREC

viernes, 10 de enero de 2014

UN HOMBRE QUE DUERME




No es que odies a los hombres, ¿por qué habrías de odiarlos? ¿Por qué habrías de odiarte?
 ¡Tan sólo desearías que pertenecer a la especie humana no fuera acompañado de este insoportable estrépito, que esos pocos pasos irrisorios que hemos dado dentro del reino animal no se pagasen con esta perpetua indigestión de palabras, de proyectos, de grandes comienzos!
 Pero es un precio demasiado alto por dos pulgares oponibles, por la posición erecta, por la imperfecta rotación de la cabeza sobre los hombros: ¡esta caldera, este horno, esta parrilla caliente que es la vida, estos millones de conminaciones, de incitaciones, de advertencias, de exaltaciones, de desesperaciones, este baño de coacciones que no termina nunca, esta eterna máquina de producir, de triturar, de engullir, de triunfar sobre los obstáculos, de recomenzar una y otra vez, este dulce terror que se empeña en regir cada día, cada hora de tu pobre existencia.

GEORGES PEREC



jueves, 6 de septiembre de 2012

UN HOMBRE QUE DUERME


Con el tiempo, tu frialdad se vuelve fabulosa.
Tus ojos han perdido lo que les proporcionaba su brillo,
tu silueta está verdaderamente abatida.
Una serenidad sin hastío, sin amargura, se inscribe en la comisuras de tus labios.
Te deslizas por las calles, intocable, protegido por el desgaste ponderado de tu ropa,
por la neutralidad de tus pasos.
Ya no quedan sino gestos aprendidos.
Ya no pronuncias nada más que las palabras necesarias.
....................................
Un hombre que duerme.
GEORGES PEREC